El Caballero de las Flores… El más elegante de los Sommeliers

Cuando abrí este blog lo hice pensando en que siempre iba a escribir sobre esas agradables experiencias que tengo dentro del mundo del vino, de modo de poder compartirlas con quien pasara un rato por acá a leerlas.

El viernes pasado recibí una repentina y triste noticia, de esas que te desarman. Como muchas otras veces, pensé en usar la palabra escrita para desahogarme, pero lo que venía a mi mente era mucha tristeza. Entendí entonces que no era el momento indicado si lo que iba a escribir iba a ser destinado a mi Blog.

Pero hoy, con el corazón más tranquilo, estoy lista. Lista para contarles sobre una persona espectacular que pasó por mi vida poco tiempo, pero el suficiente para dejar una huella imborrable. Julio Gomez. Un colega a quien conocí hace unos cuatro años, cuando apenas terminaba mis clases en la Academia de Sommeliers.

Un tipo súper sencillo y “buena nota”, como decimos los venezolanos. Una persona que nunca se quejaba, a quien todo le parecía que estaba bien o que iba a mejorar, y que si no estaba bien, él igual sonreía. “Qué carajo vamos a hacer, seguir echándole pichón y listo”. Esas era su actitud.

Un hombre noble y trabajador, caballero de las flores, quien compartía–sin un ápice de egoísmo- todo lo que sabía sobre las plantas y sus aromas. ¡El bastón del emperador! Como iba yo a descubrir que eso era una flor, si Julio no me lo hubiese dicho. Conseguía en cada vino aromas que yo ni sueño en reconocer y los nominaba con una sencillez increíble. Pero es que las flores eran su día a día. Y entonces pienso lo feliz que era mi amigo Julio, quien se paraba temprano en la mañana para trabajar en un oficio, el de “floristo”, y cerraba cada día, trabajando en otro oficio, el de sommelier. Hacia lo que amaba y eso era lo que le transmitía a todas las personas que pasaban por su camino.

Creo que no conozco a nadie quien tenga algo malo que decir de Julio. Y qué bonito y qué grande poder ser recordado como ahora lo recordamos a él.

Pienso en Julio y…

… sonrío. Apuesto a que ahora tú también, porque estás viendo su cara iluminada con esa dulce sonrisa que lo caracterizaba…

… lo que veo es el más elegante de los Sommeliers, con un traje impecable y el porte de quien ejerce un oficio con orgullo, respeto y pasión… (¡Y entonces recuerdo sus magníficas yuntas!)

… huele rico. Huele a flores, a esas que yo máximo reconozco como blancas o amarillas, si acaso llego a decir Jazmín, y que él me habría dicho el nombre exacto, dejándome con cara de: “¿en serio?”, sin ni siquiera saber de qué flor me estaba hablando…

… pienso en franqueza y sencillez. Ese tipo honesto, jovial, que decía lo que pensaba sobre la gente y las situaciones, sin la más mínima carga de maldad…

… hay sensibilidad a flor de piel…

… creo que nunca había conocido a un ser humano tan desprendido de las cosas materiales. Le gustaban las cosas buenas, incluyendo el arte, pero nada de los objetos que tenía lo hacía más ni menos feliz…

… me dan ganas de ir a Pazzo…

… sin lugar a dudas, pienso en el grupete… Serás ahora el tema de conversación amigo, porque no habrá oportunidad en la que nos reunamos en la que no vayas a estar presente. ¡Siempre brindaremos por ti!

Podría pasar mucho más tiempo escribiendo sobre Julio. Todo bonito. Y pensar que yo casi no compartí con él. Eso me hace sentir triste, porque era una persona con quien sin duda valía la pena estar.

Su repentina partida me deja un inmenso aprendizaje. Si queremos ser bien recordados, tenemos que vivir la vida con valores que nos hagan “ser gente”. Y no se trata solamente de vivir cada día como si fuera el último, se trata de vivir cada día haciendo lo que amas y amando lo que haces, de ser felices con lo que tengamos –sea mucho o sea poco-, de decirle a tus seres queridos que los quieres –amigos, familia, a todos!-, y de vivir cada día haciendo el bien sin mirar a quien (como diría Miguel Angel Landa)…

Pienso en Julio y… nuevamente sonrío. ¡Espero que tu también!

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