Cata Vertical – Montes Alpha Cabernet Sauvignon

Una soMontes01bria invitación digital. Una sala bien montada. Futuros sommeliers listos para hacer el servicio. Un selecto grupo de personas, entre ellos profesionales del vino, representantes de las mejores licorerías de la ciudad, periodistas y aficionados.

Lugar: Academia de Sommeliers de Venezuela
Anfitriones: Dayana Medina y Leo D’Addazio, Academia de Sommeliers de Venezuela / Patricia de Sousa y Arturo Maia, Casa Oliveira
Protagonistas: nueve añadas de Montes Alpha Cabernet Sauvignon
Resultado: una gratificante y exitosa experiencia

Una cata histórica, como bien la definió el equipo de Casa Oliveira. Tener la oportunidad de hacer una cata vertical es siempre un privilegio, pues permite a quienes degustan los vinos, tener el entendimiento de cómo un producto de una bodega en particular, pero con diferentes añadas, evoluciona con el pasar del tiempo.

Poder organizar una actividad de este tipo requiere de conocedores que en algún momento vieron el potencial de algunas cosechas en particular y decidieron guardar –cautelosamente–  al menos una botella de estos vinos para, en algún momento, apostar a su exitoso descorche. Las nueve añadas de ayer las debemos a Casa Oliveira, Miro Popic y Leo D’Addazio.

ANGELES QUE BRILLAN COMO ESTRELLAS
Montes es una bodega chilena con más de 25 años en el mercado. Aurelio Montes y Douglas Murray, junto con Alfredo Vidaurre y Pedro Grand, se unieron para comenzar a producir vinos de calidad en un país que hasta el momento solamente pensaba en volumen, y no se destacaba particularmente por cualidades diferenciadoras en sus vinos.

Para pensar en exportación, había que pensar en el gusto internacional, y eso sin duda hacía referencia al estilo de los vinos franceses (Bordeaux, en esencia). Es así como el primer Montes Alpha en salir de Chile fue el Cabernet Sauvignon 1987, que según lo refiere la bodega, fue el primer vino premium del país que se exportó.

Tuve el placer de conocer al señor Aurelio Montes en el 2007. IMG_5690Me entusiasmó el orgullo con el cual hablaba de su bodega, especialmente porque se refería a que todo era producto de su tierra, del trabajo de gente de la zona, un vino elaborado en su totalidad con capital Chileno.

Ayer, 4 de Junio de 2016, el Arcángel Miguel brilló en las nueve cosechas de Montes Alpha Cabernet Sauvignon que tuvimos oportunidad de degustar.

LOS VINOS, UNO A UNO

  • 2011: el más joven de todos los vinos degustados. Profundo color rubí con destellos granate, densidad media y una hermosa capacidad para esculpir la copa con grandes arcos y piernas gruesas. Con intensidad media en nariz, este vino tenía aromas a ciruelas pasas y casis, notas de eucaliptus, pimienta negra y un toque de aceitunas negras. Como bien lo mencionara Dayana Medina mientras hacía la degustación del vino, un Cabernet con la tipicidad propia de la variedad. En boca su entrada era dulce, con una acidez media y una despedida amarga pronunciada. De potente astringencia y buen cuerpo, permitió que los aromas se confirmaran en copa, dejando un agradable retrogusto con sensación torrefacta (toque de cacao). Un vino con una larga persistencia.
  • 2010: un color similar al anterior (rubí con destellos granate), con una extracción ligeramente menor, límpido y brillante en copa. Intensidad baja en nariz, pero mucho más vegetal desde el inicio. Mostró algo de pimienta negra antes de empezar a descubrirse las notas de fruta negra madura. Tras una espera, dejándolo respirar un poco, toques mentolados y de hierbas aromáticas comenzaron a percibirse. En boca el dulzor de entrada, con acidez media, una nota un poco más salina y de nuevo el toque amargo de la despedida. Como lo comentábamos en voz baja Eliezer Rondón y yo, un vino Cabernet con la clásica expresión chilena. Recordó Miro Popic en ese momento, que éste era el vino del año del terremoto que sacudió a Chile, momento en el cual solo algunas bodegas lograron salvar sus productos.
  • 2008: combino en esta descripción mis notas de cata con las de Malvy Medina. De capa alta, más granate que los vinos anteriores, pesado en copa. Aromas de intensidad media/baja, en su mayoría terciarios. Confitura de fruta negra, notas balsámicas, y el mentolado que se volvió una constante, acompañado de otros aromas herbáceos, frescos. Ataque dulce, balanceado con la acidez, un dejo mineral y la despedida amarga, ahora más sutil. Astringencia educada. Con mayor balance que los vinos anteriores.
  • 2007: de color granate e intensidad media, límpido, con un poco menos de brillo que el resto de la muestra al momento. Impactan nuevamente los arcos que se forman cuando el vino se adhiere a la copa, dejando resbalar delicadamente unas gruesas piernas. De intensidad baja en principio, tímido en expresar sus aromas, pero recordándonos su potencia en alcohol. Se fue abriendo con la misma paciencia de quienes guardaron estas botellas, para luego dar salida a una fruta dulce y madura, expresada en una suerte de mermelada, acompañada de notas balsámicas, con la frescura de algunas especias anisadas y un toque de pimienta negra. La entrada dulce más delicada, absolutamente balanceada con la acidez y ahora sí, una exquisita despedida. De cuerpo medio, con astringencia perceptible pero elegante, y persistencia media a alta.  El 2007 fue resaltado por muchas bodegas chilenas como un gran año, con lo cual la evolución de este vino podría prometer un buen futuro.
  • 2002: como era de imaginarse, con la edad de este vino, el color apuntaba ya hacia un granate con toques ambarinos, o naranja, como los describió Belkis Croquer, de capa bastante baja. Sin duda, aromas más evolucionados. En principio ese toque de “guardado”, que tras agitar la copa comenzó a desaparecer para dar paso a un popurrí de flores, acompañado por aromas de cuero, café y algo de sotobosque. Una suave entrada, con una acidez media a baja, y cero amargor. Taninos domados, como los definió Belkis, con una delicada despedida y una persistencia baja.
  • 1993: un posible rojo rubí en sus inicios que ya degradó a una tonalidad casi marrón, como ocurrió de aquí en adelante en la cata. Un vino algo turbio en vista, con pigmentos degradados al fondo de la copa, más ligero que los anteriores en su andar. Muchos terciarios, como bien mencionara Eliezer Rondón en su descripción, quien levantó entre otros aromas los de humedad, algo de champiñón, flores secas, notas de hinojo y mentolados. En boca se percibió el dulce inicial, pero el vino mantenía una buena acidez, aunque ya había perdido un poco su astringencia. De cuerpo medio/bajo, al igual que su persistencia.
  • 1990: a pesar de ser mayor que el vino anterior, este vino pareció estar un poco más entero. Granate con tonos hacia el marrón, era translúcido y mantenía cierto brillo (no estaba opaco como el 1993). Lo describiría con esa nariz de vino viejo… vino de Viejo Mundo. Su intensidad aromática era posiblemente la más pronunciada de todos los vinos degustados hasta el momento, pero con una paleta más cerrada, donde como indicaba José Pereira durante su participación, solo podemos hablar de bouquet. Difícil de descifrar sus aromas, pero ciertas notas químicas (no defectuosas) se hicieron presentes, incluyendo toques de tinta. Con una presencia más delicada del alcohol, este vino dejó salir una acidez que impactó para su edad, así como su astringencia, aunque el paso de los años ya se notaba porque no se percibía tanta armonía entre sus elementos.
  • 1989: aún granate siendo generosos, marrón en color para ser más honestos. Translúcido y de poco brillo. Me encantó cuando Leo D’Addazio dijo toffee como primer aroma encontrado en este vino, pues no habría mejor forma de nominarlo. Luego mencionó hojas de tabaco, sotobosque, champiñón y yo diría, más que champiñón, un recuerdo del aroma de las trufas, con la compañía de los balsámicos que volvían a pronunciarse. Los cuatro sabores presentes, pero con muchísima sutileza. La sensación de astringencia ligera en inicio pero que se reafirmaba en el post-gusto. Este vino se mostró más entero que el de 1990.
  • 1988: ámbar en color, como bien lo mencionó Dayana Medina. En mi copa no hizo más que recordarme el tiempo que tenía criándose en botella, pues al ser una de las últimas personas en recibir el servicio, capturé muchos de sus sedimentos. Aromas similares a los del vino anterior, con una expresión algo más “medicinal”, evocando notas de yodo. Una boca delicada, propia de esos vinos que agradeces tener el privilegio de probar porque fueron bien hechos desde su inicio, posiblemente sin pensar en ese entonces que, 28 años después, alguien los iba a degustar e iban a mantener su esencia.

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Para todos quienes tuvimos el beneficio de participar en esta degustación, fue un placer, un descubrimiento, la oportunidad única e histórica de ver a un mismo ángel brillar de nueve formas diferentes. Como lo comentara Miro Pocic durante el cierre, ninguno de esos vinos estaba enfermo ni alterado. Fueron productos elaborados con la mano experta, la pasión y el entusiasmo de Aurelio Montes y su equipo; cuidados perfectamente por Casa Oliveira en su trayecto entre la bodega y el punto de venta; y, sin duda alguna, guardados en condiciones ideales por quienes tuvieron la generosidad de sacarlos de sus bodegas para compartirlos con un grupo de aficionados y amantes del vinos.

¡Mil gracias y salud!

Elizabeth Yabrudy I.

 

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